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El perfil del dibujante Relato_edited_ed
El perfil del dibujante

  Se miró al espejo, orgulloso de sus veintidós años y su calculada imagen de Elvis. Como cada día, peinó cuidadosamente hacia atrás su abundante pelo negro engominado que partía en dos una raya delineada en el lado izquierdo de la cabeza.  Salió del cuarto de baño canturreando y recogió bajo la cama las mancuernas y el banco de abdominales. Hasta que había entrado a trabajar para la concesionaria de autopistas, nunca había tenido interés en cultivar la musculatura. Ahora, sin embargo, la sentía con satisfacción levemente ceñida bajo la camiseta cuyo cuello blanco asomaba bajo las solapas levantadas de la chaqueta del uniforme. Nada más firmar el contrato le habían entregado unos papeles del Comité de Empresa en los que se le informaba de que, como consecuencia de las deplorables condiciones de trabajo, la vida media laboral de los trabajadores de las cabinas de peaje era de cinco años. Para hacerla más llevadera, recomendaban realizar algunos ejercicios para combatir los efectos de la inmovilidad, tener alguna afición que practicar en las horas de tedio y afiliarse al sindicato.  Ramiro empezó haciendo estiramientos musculares y acabó cincelado como un superhéroe a punto de cumplir los cuatro años en la compañía. Ojalá sólo fueran los primeros. Realizando aquel trabajo había tenido grandes momentos de gloria, aunque, sin duda, pensó mirando el portafolio azul que se apoyaba junto a la puerta, el más importante estaba por llegar.

  Cogió su mochila de encima del colchón y comprobó que llevaba todo lo necesario: la fiambrera, el termo y dos botellas de litro de agua, una de ellas, vacía. Mear dentro de una botella le había salvado de la congelación cuando estuvo destinado en la salida del Puerto de los Leones. Ahora ya no le hacía falta, pero era un hábito al que no quería renunciar. Le hacía quedar bien con el supervisor, ya que apenas se ausentaba de su puesto y, además, se partía de risa imaginando la reacción de los conductores si supieran lo que estaba haciendo al mismo tiempo que daba el cambio y decía: “Que tenga un feliz viaje”.

  Se acercó a la pequeña mesa de su dormitorio en la que había papel de grano grueso y diverso material de dibujo, junto a una lámina que reproducía de forma inacabada la portada de un cómic erótico que le servía como modelo. A ambos lados de la mesa, en el suelo y en las estanterías, junto a su colección de carros de combate en miniatura, había apilados números de El víbora, Kiss Comix, Eros Comix y muchos más, algunos de ellos auténticos ejemplares de coleccionista. También había decenas de películas de anime pornográfico perfectamente apiladas junto a la cama. Solía verlas en una pequeña tele sujeta a la pared, como en los bares. Todo aquel material le servía de inspiración para los dibujos que tenía colgados por todas partes, o guardados en carpetas, hechos en su mayoría durante los turnos de noche en el peaje.

  Hizo ademán de meter alguna de las revistas en la mochila, pero recordó que hoy era domingo y mucha gente saldría de la ciudad. Al principio, cuando le cambiaron de destino después del incidente de hacía seis meses, creyó que no lo iba a poder soportar: de la impunidad nocturna del puerto de montaña, al bullicio y la falta de intimidad del puesto de San Rafael. Ya no podía hacer nada de lo que le divertía. Por ejemplo, ahora tenía que cobrar siempre lo estipulado. Había grandes carteles que informaban de las tarifas y, además, el importe se iluminaba en un panel al lado del conductor. En cambio, a la salida del puerto, que era un trayecto con muchos conductores ocasionales, sobre todo los fines de semana, había llegado a cobrar tres veces lo que debía. No lo hacía por robar, que a otros los dejaba pasar gratis, sino por jugar, por ponerse a prueba.

  Tampoco podía dibujar porque como le había dicho el supervisor, “Está muy bien que dibujes, Ramiro, pero dibuja paisajes, joder”. Si hubiera estado destinado allí desde el principio nunca habría podido realizar la serie sobre su propio pene, de la que estaba tan orgulloso, por su nivel de realismo. No en vano había dedicado muchas horas durante muchas noches a estudiar sus propias erecciones. Tenía dibujos desde todos los ángulos imaginables. En uno de ellos estaba cuando había aparecido en su coche aquella chica que venia de una boda en el Alto de los Leones. Al verse sorprendido no se le ocurrió otra cosa que decirle que no le abriría el paso si no le hacía un trabajito. En ningún momento tuvo intención de molestarla, pero es que no había pasado nada interesante en toda la noche. La chica se asustó tanto que habría arrancado de cuajo la barrera con su coche si él no hubiera estado hábil y la hubiera levantado a tiempo, aunque no pudo evitar desperfectos en el extremo. Cuando dio el parte, se inventó a un repartidor de dos por dos que no había querido detenerse, pero ella lo denunció y a él lo trasladaron al puesto de San Rafael. 

  Ramiro creyó que aquello era el final de su suerte. Por más que lo pedía, no le asignaban nunca un nocturno y siempre le ubicaban en una cabina central, flanqueada por otras dos, lo que le hacía sentirse permanentemente vigilado. Se ganó las antipatías de sus compañeros que tenían que realizar más noches al mes para cubrir las que no hacía él. Ya se había convencido a sí mismo de que su tiempo allí se había acabado, cuando sucedió algo completamente inesperado: Ramiro se enamoró, un domingo como aquél, hacía catorce semanas.

  Recordándolo cogió una de esas toallitas húmedas, como las que se usan para limpiarles el culo a los bebés y metió el resto del paquete en uno de los bolsillos del uniforme. Mientras se limpiaba cuidadosamente las manos, se preguntaba por qué no fabricaban aquellos trapos con olor a sexo y sus ojos se perdían en el dibujo de aquella enorme boca colgada en la pared. Como si fuera un insecto, se dejaba engullir y voltear por su lengua áspera y desmedida, emulando su fantasía lamiendo sus propios dedos, hervidos en el calor de sus encías. La imaginaba preparándose, mordiéndose dolorosamente los labios para ofrecérselos amoratados nada más verla.​ Había sucedido en apenas cinco minutos. Hacía unos tres meses, se había acercado a su puesto un utilitario color rojo, matrícula de Segovia, con la antena torcida. Ramiro había empezado su turno a las tres de la tarde y llevaba más de cinco horas cobrando sin un respiro, a cambio de algún cortés “gracias” de personas a las que nunca miraba a la cara. Entonces oyó el sonido de un montón de monedas que se desparramaban por el mostrador y por el suelo, y se asomó a la ventanilla. Desde donde él estaba sólo podía ver la boca de la conductora, hermosa como una herida abierta.

- ¡Ay, madre! - dijo frunciéndose con disgusto- Se me acaban de caer todas las monedas por el suelo.

 

  Desapareció un momento y volvió a aparecer.

- Siempre las pongo aquí, preparadas en el cenicero, para no tardar- y añadió mordiendo ligeramente su labio inferior- Qué torpe.

  Ramiro vio cómo sus manos sacaban el monedero del bolso y contaban las monedas, pero no había suficiente. Entonces hizo algo insólito.

- Ten. Sólo necesitas esto- y sobre el mostrador añadió de su bolsillo las monedas que faltaban.

- ¡Oh, gracias!- dijo curvándose en una sonrisa inmensa – Prometo devolvértelo el próximo domingo.

  Ramiro pasó toda la noche dibujando aquella boca, y la noche siguiente, y las demás hasta que volvió a verla siete días más tarde cuando ella cumplió su promesa e intentó devolverle el dinero. Así comprobó que su habilidad para copiar no era tan buena si se comparaba con el original ya que ninguno de aquellos dibujos le hacía justicia. Ni siquiera se esforzó por inclinarse un poco hacia la ventanilla para así poder ver el resto de su cara. Su intercambio apenas duraría un par de minutos y ese tiempo era muy poco para absorber cada grieta de sus labios, cada voraz movimiento de su lengua. Aquella noche, al llegar a casa cogió todos los bocetos que ya tenía dibujados y rectificó los errores de apreciación, tal y como haría todos los domingos que se encontraron. A cambio de tanto deleite él le ofrecía sus manos ávidas y expertas a través de la ranura de la ventanilla. Los días que esperaba verla, como hoy, se retiraba cuidadosamente la cutícula y después pulía sus uñas con dedicación, entregándole su deseo en su forma de retener las monedas. Esto la obligaba a estirar sus dedos para recuperarlas y él le procuraba un roce mínimo buscando producirle un escalofrío en la garganta. Sin embargo, ignoraba su capacidad para fantasear, temía que no fuera suficiente.

  Cuando hubo conseguido el dibujo definitivo lo colgó en la pared para verlo desde cualquier sitio y utilizarlo para trabajar en su verdadero proyecto de amor, aquello con lo que esperaba comunicarle lo que sentía, lo que esperaba le devolviera con creces lo que ella le daba: la síntesis de todas las fantasías. Abrió la carpeta donde guardaba los dibujos de su pene y, escogiendo los mejores, los repitió dándoles cabida, uno a uno, en su boca. Cogió a todas las hembras de sus láminas, las amazonas de sexo codicioso, las impúberes perversas, las maduras insatisfechas hasta el momento de la revelación, y a todas les dio la forma de la boca de su autentica protagonista. A ellos, los responsables de sus gemidos, renunció a darles su rostro por no parecerle vanidoso, pero les dibujó sus manos para que ningún otro la tocara. Finalmente, los metió todos en una carpeta de dibujo color azul jaspeado, de esas que llevan varias cintas para evitar que se abran y la dejó junto a la puerta para entregársela el próximo domingo.

  Su gran día había llegado al fin. Se echó un último vistazo al espejo, cogió la carpeta y la mochila y se dirigió caminando hasta el peaje. El compañero al que relevó miró extrañado el portafolio ¿Adonde vas con eso, Ramiro? No te vas a poder ni revolver. Como única respuesta, Ramiro le devolvió una sonrisa enigmática mientras se sentaba. Era una espléndida tarde de sol de final del invierno y desde su puesto podía ver el horizonte de la sierra por donde, escondida, discurría la carretera por la que ella vendría. Armado de una ilusión paciente comenzó a cobrar, echando de vez en cuando un trago lento a su botella de agua, como si fuera licor.  Con el discurrir de las horas, el ritmo de entrada de automóviles se fue agudizando y Ramiro disfrutaba retándose a despacharlos cada vez más rápido, pues cuantos más pasaran menos faltarían para verla llegar. Sin embargo, ni su habilidad ni la de sus compañeros consiguió evitar que, pasadas las seis y media, el peaje se convirtiera en un enorme coágulo que impedía la circulación de los que allí confluían procedentes de tres carreteras.  Cada vez con más frecuencia, Ramiro escrutaba la sierra, temeroso de que ella pudiera despistarse en aquel caos. Su vigilia se vio recompensada cuando, en los primeros momentos del atardecer, un turismo color rojo se incorporó a la vía principal por la anexión de Segovia. Estaba demasiado lejos para comprobar si tenía la antena torcida, pero supo que era ella.

 

  La ilusión pronto se convirtió en angustia al comprobar cómo se movía lentamente, engullida por el amasijo de vehículos sin que pareciera aproximarse nunca hacia él.  Si estuviera en su lugar, se decía, ya estaría enfilado, buen viaje, gracias; la están avasallando, no hay de qué. Entonces, sin previo aviso, uno de los compañeros que estaban de guardia, puso operativa la última cabina de la izquierda que hasta ese momento estaba cerrada. Sin tener tiempo a reaccionar, Ramiro comprobó inerme cómo el Renault Clio con la antena torcida hacía una rápida maniobra y se ponía el primero para pasar. Rápidamente cogió el intercomunicador y dijo fuera de sí “No dejes pasar a ese coche ¡Es mío! ¡Que no lo dejes, te digo!”.  Su compañero le soltó un exabrupto y tras cobrarle a su conductora abrió la barrera. Ramiro confió en que no le abandonara la fortuna y salió corriendo de su habitáculo con el portafolio sujeto bajo un brazo. En contra de lo habitual, el embotellamiento continuaba al otro lado y tras el peaje se circulaba a la velocidad de un peatón. Corrió hacia ella sin perderla de vista, limpiándose alternativamente las manos contra la camisa. Cuando consiguió alcanzarla, se puso delante del coche dando un tremendo golpe en el capó y la obligó a frenar en seco. 

  Durante un par de segundos ella le miró atónita. Él, jadeante y sudoroso, le hizo una seña para que bajara la ventanilla a lo que ella se negó.

- ¡Abreme! ¡No puedes marcharte sin esto! – le gritó señalando la carpeta.

  Los conductores impacientes ante un nuevo obstáculo empezaron a increparle y a tocar el claxon. No tenía tiempo para convencerla. Con un rápido movimiento abrió el maletero y arrojó dentro el portafolios. Ella le gritó algo y pegó un acelerón que le hizo retirarse de un salto. Esta vez no intentó seguirla.

- ¡Lo entenderás todo cuando lo veas! - le gritó poniendo sus manos a modo de altavoz, esquivando como podía el tráfico que, de nuevo empezaba a fluir.

  Aún permaneció unos segundos en la explanada sonriendo, observando cómo el coche rojo desaparecía colina arriba, con la puerta del maletero abierta. Sabía que le había llamado imbécil antes de arrancar. Algún día los dos se reirían de su impulsividad, pensó satisfecho mientras volvía a su puesto con las manos en los bolsillos. Ciertamente, se iban a hacer eternos los días hasta el próximo domingo.

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