
El titiritero de Siracusa
El titiritero de Siracusa fue una persona importante. Cuando salía de su taller a media mañana para ir a desayunar a la taberna, los vecinos con los que se cruzaba le decían: “¡Buenos días, Tonino! ¿En qué andas ahora?” y él, sin detenerse, sonreía y hacía un ademán como quitándose importancia. Aquella atención le avergonzaba y le gustaba a partes iguales; le hacía sentir aún más ilusión por su trabajo porque lo sabía esperado por los demás. Tonino solía decir que su vida se sustentaba en dos columnas: una era de madera, la que usaba para esculpir sus marionetas; la otra, el cuerpo de Mariana, su mujer desde hacía treinta años. Después de tallar, la segunda cosa que a él más le gustaba en el mundo era levantar la vista del cincel y la gubia y verla a ella llenando de lentejuelas los velos orientales de las protagonistas de sus historias o trenzando sus largas melenas hechas con pelo natural. Un día era perfecto si acababa tomándose un par de vinos con los amigos al final de la jornada, aunque a veces se le iba la mano y, cuando llegaba a casa por la noche, más borracho que sereno, debía inventarse mil encuentros y decirle a Mariana que era su musa, para que lo perdonara.
En estas cosas pensaba Tonino cuando se sentaba en su mesita del bar y saboreaba su segundo espresso de la mañana mientras las pequeñas barcas de pesca entraban y salían del Porto Piccolo. Su soledad duraba poco porque enseguida se sentaba con él alguien interesado en ser el primero en saber cómo sería el nuevo espectáculo, pero él no soltaba prenda porque era un torpe cuentacuentos que solo sabía hablar a través de sus marionetas. Los personajes surgían en su cabeza al mismo tiempo que los escenarios y el taller estaba lleno de bocetos de bosques encantados, ricos palacios, cuevas de magos iluminadas por misteriosa luz, o largos caminos pedregosos que llevaban a Oriente. Tonino los construía todos con sus manos: abisagraba puertas, colocaba doseles y utilizaba pedazos de botellas y vasos para crear vidrieras o piedras preciosas para diademas y coronas, mientras Mariana tejía con ganchillo las alfombras de los palacios y calentaba la comida en el hornillo.
En las paredes tenían colgadas todas las marionetas que alguna vez habían fabricado. Como manda la tradición, casi todas tenían la estatura, más o menos, de un niño de unos ocho años así que parecía que vivían entre una multitud. Mariana les quitaba el polvo a diario y les atusaba los ropajes para que lucieran perfectas. Después de comer, se tomaban juntos un café y a menudo ensayaban alguna pieza o simplemente se reían haciendo sonar a la vez los pies de todos los caballeros medievales. Cuando terminaban una nueva figura, la ponían frente a sí, se sentaban para estar a su altura y le estrechaban la mano si era caballero o se la besaban si era una dama, cerrando un pacto de sangre por el cual nunca, nunca les faltaría un hogar.
A veces, los niños golpeaban los cristales de las ventanas, tan sucios que no les dejaban curiosear, y le llamaban a gritos. “¡Tonino, Tonino! ¡Déjanos entrar!”. Entonces él abría la puerta sujetando al malvado Merlín que amagaba con perseguirles y les gritaba: “¡Granujas! Para poder mirar, ¡al teatro tenéis que pasar!” Algún valiente trataba de tocar su túnica y entonces el mago sacaba amenazadoramente la varita haciéndoles correr a toda prisa “¡Si volvéis por aquí, os fundo!” Así una y otra vez, día tras día hasta que se estrenaba el nuevo espectáculo y lo dejaban tranquilo.
Nadie sabe qué pasó. Probablemente Mariana dio una cabezada demasiado cerca del hornillo. Nunca olvidará el momento en el que, acodado en la barra del bar, se dio cuenta de que aquella columna de humo negro como el betún que desgarraba el cielo ante sus ojos procedía de su taller. Corrió tanto como pudo, pero cuando llegó ya no se podía hacer nada. Con la ayuda de los vecinos consiguió extinguir el fuego y salvar el local, pero la madera y los barnices ardieron como la yesca y se llevaron con ellos el adorado cuerpo de su mujer.
Desde aquel día, nadie volvió a verlo. Arruinado y solo, el titiritero de Siracusa se encerró en su taller, rodeado de las cenizas de sus muñecos y de las de Mariana, que esparció sobre el colchón para que se le pegaran al cuerpo antes de desaparecer. Al principio los vecinos llamaban a su puerta para intentar rescatarlo, incluso le dejaban platos de comida en el alféizar, pero día a día se los llevaban sin tocar. Poco a poco se fueron olvidando y lo dejaron en paz. Sin comida y sin razón para vivir, el cuerpo de Tonino se fue consumiendo hasta confundirse con una de sus marionetas. Sus manos fuertes de artesano parecían ramilletes de madera, incapaces de moverse no habiendo nadie que guiara sus hilos. Su cuerpo encorvado se arrastraba entre el serrín, mascullando su sentimiento de culpa por no haber estado allí, por no haber podido salvarla. Sentía que toda su vida había estado equivocado; su pasión no había sido tallar marionetas, si no sentarse con Mariana a decidir cómo hacerlas. Veía sus dedos bordando cuentas de vidrio, oía sus sabios consejos, recordaba todas aquellas horas de conversación, de enfado o de risa, que a veces interrumpían para hacer el amor o para imaginar en silencio nuevos proyectos. Ojalá se hubieran animado a hacer aquella recreación de la revolución francesa de la que tanto habían hablado. Ahora, solo le harían falta unos pequeños ajustes para que cupiera en la guillotina su propia cabeza.
Marzamemi, junio de 2024 / Nómadi, febrero de 2025