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Perversa lozanía

  • 16 feb
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 5 mar

Desde que vi la serie de televisión Ripley, estoy en una etapa Caravaggio. Su obra fue una clara inspiración estética para su dirección de fotografía y un espejo de la psicología de Tom Ripley, el despiadado asesino creado por Patricia Highsmith en 1955, que adquiere en la serie una dimensión aún más compleja


La biografía de Michelangelo Merisi da Caravaggio habla de un hombre de carácter pendenciero, implicado con frecuencia en escaramuzas violentas —incluso en un asesinato— y que murió en la más absoluta soledad a los treinta y ocho años, mientras esperaba el perdón papal para volver a Roma. Más de cuatrocientos años después, su pintura sigue siendo objeto de admiración por su dramático uso de la luz, su empeño en mostrar la humanidad de los personajes que representaba y su manera de incluir en sus cuadros el paso del tiempo.


Entre 1593 y 1594, con solo veintidós años, realizó dos autorretratos: Il Bacchino malato, en el que vemos su rostro enfermo, ojeroso y macilento, y Muchacho con cesto de frutas, donde rebosa de brillante y seductora lozanía. Algunas de las frutas que lleva en su regazo empiezan a estropearse, en un sugerente memento mori: la vida es como la fruta madura; si esperas a mañana, quizá no puedas comerla.


Estas pinturas me generan una gran inquietud. Aunque no se sabe cuál de las dos realizó primero, si ponemos la representación del esplendor vital a la izquierda y la de la enfermedad a la derecha, nuestro orden de lectura occidental crea una cronología que nos da una intensa sensación de deterioro. Quizá Caravaggio decidió representarse en la primera de ellas por fuera —el joven insinuante y tan tentador para algunos— y, en la otra, por dentro: ese dios de la perversión marchito, vacío y agotado a pesar de su juventud, como si ya intuyera su destino; como si supiera que, en su interior, la putrefacción avanzaba deprisa.


¿Quién sabe? Quizá Oscar Wilde, durante su viaje a Roma en 1877, tuviera oportunidad de ver ambos cuadros en la Villa Borghese y encontrara en ellos el germen barroco de El retrato de Dorian Gray.

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