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Primer plno de un mosquito trompetero con su enorme nariz
Una nariz romana

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  Cuando llegué al paseo marítimo, el chavalín se había separado un poco de su padre y andaba por allí solo, trasteando con un tarro de cristal. Observé que iba cogiendo cosas del suelo y las metía cuidadosamente en el frasco sin que los recién casados se dieran cuenta. Estaban tan nerviosos, que los mandé a la orilla mientras yo preparaba el equipo, aunque mi intención real era acercarme al chico con alguna excusa y ganarme su confianza no fuera que luego me estropeara la sesión de fotos. “Los niños son peores para fotografiar que los animales” decía siempre mi padre, pero el novio, amigo mío de la infancia, quería que hubiera muchas imágenes con su hijo, que se notara que el pequeño adoraba a su nueva mujer.  Nunca creyó que pudiera rehacer su vida.

  El niño se quedó jugando junto a uno de los bancos del paseo. Yo me acerqué disimuladamente y me senté muy cerca, tanto que casi rozaba su cuerpecillo de rodillas en el suelo.  Estaba muy concentrado tratando de cazar un diminuto escarabajo que, por un juego del destino, decidió trepar por encima de la punta de mi zapato. El crío se quedó muy quieto, como un perro pendiente del lanzamiento de una pelota, mirando fijamente al insecto sin atreverse a molestarme. “Adelante”, le dije, “puedes cogerlo”. Él me miró de soslayo, pero, desconfiado, no se movió y volvió a fijar la vista en su presa, temeroso de perderla. Decidí actuar. Cogí el bicho entre mis manos y se lo enseñé con un gesto de complicidad. “Y ahora, ¿qué hacemos con él?”. Tímidamente, abrió la tapa del frasco y yo dejé caer el escarabajo en su interior. Había decenas de insectos vivos moviendo sus patitas, trepando viscosamente unos por encima de otros, tratando de encontrar la manera de escapar. Hormigas, escarabajos, cucarachas, alguna pulga de playa…todos cazados pacientemente para engrosar una colección fascinante. Observando orgulloso su contenido, el pequeño cerró el tarro con esmero y me miró con expresión de triunfo. Seguramente le había dedicado a eso toda la mañana, aprovechando el desorden de un día que tenía poco hueco para él. Le ofrecí mi mano para volver hacia la playa en donde mi amigo y su nueva esposa me esperaban expectantes para que creara una fotografía inolvidable. Aún me choca lo que la gente paga por una imagen que acabará en una mesita esquinera, al lado de un cenicero lleno de colillas o de un plato con restos de pizza.

  Mi viejo siempre decía que vivíamos de la vanidad de los demás. También decía que lo bueno de las bodas era que los novios siempre iban combinados en blanco y negro y que eso era la mitad del trabajo. Pero eran otros tiempos. Yo tenía que lidiar con un traje de hombre granate y un vestido naranja absurdamente pálido. Daba igual dónde les pusiera, ni que tuviéramos de fondo el maravilloso atardecer de Cefalú. Aquello no lo arreglaba ni una Hasselblad 500C, “la cámara mágica”, que decía mi abuelo. Él inició la saga. Suyo era el estudio de la Piazza Cardinale Pappalardo donde aún trabajo y en el que mi padre me enseñó el oficio. Un día mientras me retrataba me dijo: “Ponte de perfil, hombre. ¡Presume de nuestra nariz romana! ¡La diferencia nos emparenta con los dioses!” No sé cómo habría llevado esta época en la que todos los clientes son el mismo fotógrafo.

  Convencí a la pareja de hacer el reportaje en blanco y negro y fui intercalando sus fotos de enamorados con otras más familiares en las que participaba el crío. A pesar de la insistencia de su padre, no hubo forma de que soltara el tarro, así que traté de dejarlo fuera de foco siempre que pude. Tras un par de horas de trabajo, di el reportaje por terminado. Percibía que el resultado les dejaría contentos; por amistad, iba a salirles gratis y, a caballo regalado… Sin embargo, yo no estaba satisfecho. Sabía que no les entregaba algo realmente especial.  

  Supongo que por eso me senté a la mesa del banquete con mis compañeros de colegio sin guardar la cámara, porque tenía esa sensación de algo sin terminar. No había pasado mucho tiempo cuando el calor del chianti empezó a hacer su efecto y empezaron a sucederse los ¡vivas! y los brindis. Los novios no pudieron resistirse y comenzaron a recorrer el salón copa en mano para brindar con cada grupo de invitados. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que el niño no estaba.  Lo busqué con la mirada a mi alrededor y lo encontré al final de la sala, acercándose furtivamente a la mesa presidencial vacía, aprovechando que todo el mundo estaba distraído. Trepó con dificultad a la silla de la novia sin soltar su inseparable tarro, hasta que logró apoyarlo junto al plato. Nuestras miradas se encontraron y lo supe: ¡aquel frasco iba a ser mi nariz romana! Cuando empezó a desenroscar la tapa, calculé el encuadre, coloqué la cámara junto a mi pecho y, sin dejar de mirarle, empecé a disparar. ¡Lo capté todo! El chaval volcó el contenido encima de la comida y se escabulló con agilidad bajo las faldas del mantel, justo cuando los novios volvían a sentarse para continuar la cena. Ella no se dio cuenta hasta que vio algo moverse en la salsa y empezó a gritar. Los bichos estaban por todos partes, se habían subido a sus manos y corrían por encima de su vestido dejando minúsculas huellas de grasa. Yo no daba abasto. Me dio tiempo a fotografiar al niño saliendo de debajo de la mesa y a mi amigo manoteando el cuerpo de su novia para quitarle los bichos sin que ella dejara de gritar. Los colores que antes no me convenían se convirtieron en mi principal aliado aumentando la sordidez y la comicidad de lo que sucedía. Los invitados comenzaron a levantarse aterrorizados por los insectos inexistentes en sus platos. No supe que el pequeño estaba junto a mí hasta que, a través de mi objetivo, se coló la mirada aterrorizada y triste de la novia mirándole fijamente. El futuro de familia feliz dibujado por mi amigo se acababa de ir a la mierda, pero yo tenía el mejor reportaje de bodas de mi vida. Ya lo decía mi padre: “Ponte de perfil, hijo, en las fotos y en todo lo que puedas, que hay veces que hace falta más valor para esconderse que para dar la cara”.

Cefalú, mayo de 2024 / Nómadi, julio de 2025

Serie Relatos sicilianos
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