Se miró al espejo, orgulloso de sus veintidós años y su calculada imagen de Elvis. Como cada día, peinó cuidadosamente hacia atrás su abundante pelo negro engominado que partía en dos una raya delineada en el lado izquierdo de la cabeza. Salió del cuarto de baño canturreando y recogió bajo la cama las mancuernas y el banco de abdominales. Hasta que había entrado a trabajar para la concesionaria de autopistas... leer más
Muy pronto te contaré la historia de un tarro de cristal
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